A veces se nos encoge el corazón y lloramos, pero casi siempre seguimos sonriendo al recordarte.

Cómo no sonreír si recuerdo vuestros juegos dentro del corralito hasta que uno a uno caíais rendidos por el sueño. Allí dentro también jugabas con Rois, vuestro compañero gatuno de acogida, saltabas, sí saltabas, a por él con tus hermanos y le gruñías enfadadísimo.
Quién te iba a decir a ti que los gatos serían tus mejores amigos. ¿Recuerdas a Pino? ¡Cómo iba una y otra vez a colocarse delante de tu boca para que lo atrapases por la cabeza y lo tirases volando hacia atrás! ¡Había que reírse con vosotros! El gatín volvía inmediatamente con aquellos ojazos y empapado por tu saliva a subirse otra vez a la atracción. No os cansabais, no nos cansábamos de miraros.
Quién iba a pensar que una bañera de 1,20 se iba a convertir en una piscina para ti, donde cada día te sumergíamos como parte de la rehabilitación. María te sujetaba dentro del agua los minutos indicados, te mecía mientras las dos observábamos tus patitas y celebrábamos cada movimiento. Tú nos mirabas con esa cara de... "¿me queréis sacar de aquí ya?" o incluso fingías uno de tus ahogos para conseguir salir del agua antes de tiempo, pero aprendimos a no hacerte caso, ¡granuja! Me adorabas cuando estiraba el brazo para coger tu toalla, se te encendían los ojos, “por fin!!!”
Tuvimos que dejar la piscina cuando creciste lo suficiente como para poner una de las patas de delante en el fondo de la bañera, sujetándote y haciendo inútil la inmersión, aquella cara no se me olvidará en la vida "chicas... ¿y ahora qué, eh?"
Es inevitable sonreír recordando cómo ladrabas a quienes te miraban perplejos, les explicábamos que les estabas llamando para que se acercaran a acariciarte y en cuanto te ponían la mano encima conseguías que cambiase el gesto de su cara.
¡Mira que te hicimos fotos! Cada vez que nos veías con la cámara te empeñabas en que era para fotografiarte a ti, y parecías posar. Qué digo “parecías”, tú posabas, y si no te hacíamos caso reclamabas la atención con tu vozarrón, sólo después de al menos un disparo apuntándote a ti podíamos seguir a lo que íbamos.
¡Mira que te hicimos fotos! Cada vez que nos veías con la cámara te empeñabas en que era para fotografiarte a ti, y parecías posar. Qué digo “parecías”, tú posabas, y si no te hacíamos caso reclamabas la atención con tu vozarrón, sólo después de al menos un disparo apuntándote a ti podíamos seguir a lo que íbamos.
Fuiste un cachorro mágico, pequeño.
Dejamos de ver tu parálisis, que no de intentar solucionarla, sabes que aun hoy no hemos zanjado ese asunto, para ver al impresionante ser que había dentro de ese cuerpecito maltrecho. ¡Cuánto nos enseñaste Pincho! ¡Qué lección continua de superación y optimismo! Eras vida y había tantos insistiendo en que debíamos matarte… Quienes quisieron verla percibieron tu sonrisa permanente, tus ojos brillantes y vivarachos, tus ganas de seguir luchando, pero sobre todo tu felicidad, porque sí, vale, con 6 semanas dejaste de caminar, pero eso fue más problema para los demás que para ti, y con casi nueve meses y medio te fuiste feliz, digan lo que digan.

Y tres años después, como cada año, nosotras nos comeremos la tarta, quizás algo más pequeña que otras veces, por supuesto con chocolate, y, si puedes, asómate un instante a soplar las velas… puede que se nos encoja el corazón, pero segurísimo que sonreímos.